La Historia de Chuquisaca Bolivia

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La Charcas Prehispánica

Esta región estuvo habitada desde tiempos inmemoriales por los indígenas que los conquistadores llamaron Charcas. Estos, al igual que todos los pueblos del occidente y de los valles, fueron colonizados por los guerreros del Tawantinsuyo a mediados del siglo XIV, motivo por el cual hablan hasta hoy la lengua Quechua, si bien étnicamente no existió mestizaje con los incaicos. Con el pasar de los años, y gracias a excavaciones arqueológicas en los alrededores de la ciudad, se ha llegado a conocer el pasado prehistórico de la región (fósiles de Cal Orcko), con vestigios de asentamientos humanos de hasta diez milenios antes de Cristo (excavaciones de Quila Quila, Maragua y Punuilla), aunque sin una cultura floreciente que haya dejado rastros. En la actualidad, los Charcas reciben el nombre de Yamparas y Mojocoyas, habitan todo el centro y norte del departamento.

En el sur, en las actuales provincias de Luis Calvo y Hernando Siles, de ambientación chaqueña, existía la etnia Chané, que fue absorbida por los Guaraníes, etnia nómada que se expandió por todo el Chaco hasta llegar a las puertas de los poblados de los Charcas, a quienes acosaban con frecuentes incursiones, resistiéndose hasta el final ser sometida por toda la tanda de colonizadores sucesivos desde los Incas hasta los europeos. Fueron los incas quienes les dieron el despectivo mote de Chiriguanos, pero ellos se denominan a si mismos como los Ava_Guarani (“la gente” o “los hombres”).

La conquista de La Plata

Esta región estaba incluida en el territorio que le correspondía a Diego de Almagro en el reparto después de la conquista del Perú, pero tras la derrota y ejecución de este al finalizar la guerra civil entre los conquistadores, el gobernador del Perú, Francisco Pizarro, le encomendó a uno de sus hermanos menores que se encargase de colonizar las tierras exploradas por Almagro. De esta manera, Gonzalo Pizarro llegó en 1538, primero a Potosí, desde donde avanzó hacia un valle de colinas suaves, clima templado y seco, donde ya existían varios poblados de indígenas. Mas en Cochabamba, la bienvenida de los nativos no fue tan cordial, y tuvo que trabarse en combate. Mal parado, pidió ayuda a su hermano el Marqués, quien le derivó al tercero de los Pizarro, Hernando.

El cacique indígena Ayaviri tuvo que rendirse, abriéndole el camino hacia Choquechaca a Gonzalo Pizarro. Este también le sonsacó una ventajosa alianza al cacique de los Yamparas, Aymuro, para que le cediera el territorio de Pacha donde sus hombres pudieran asentarse. Pero Pizarro no se quedo a disfrutar de sus nuevas tierras, sino que se movía de acá para allá, residiendo también en Chaqui y Porco (Potosí). Más tarde, al morir su hermano Francisco, el rey de España nombró un Virrey que promulgó leyes que no eran del agrado de los conquistadores, quienes se rebelaron con Gonzalo a la cabeza, siendo derrotados y ejecutados en 1548.

Pizarro comisionó al marqués de Camporedondo, Pedro de Anzúrez, para ir al territorio de los Charcas y fundar una población, para contención contra los indígenas hostiles, salvaguarda de los yacimientos argentíferos, y apoyo a los pueblos mineros de Potosí. El capitán de Anzúrez escogió un sitio cerca a Pacha, conocido como colina de Conchupata, al pie de los cerros gemelos Sica Sica y Churuquella (donde ahora está el Mirador de La Recoleta), para fundar la Villa de La Plata de la Nueva Toledo el 16 de abril de 1540, una fecha que está en discusión, pues otros proponen el 29 de septiembre de 1538 como fecha fundacional. Su nombre se lo debe a las minas de plata existentes, y a que Almagro había llamado Nueva Toledo a las tierras al sur de Lima que le pertenecían como conquistador.

La Plata colonial

La Villa de La Plata recibió del Emperador de las Españas y Alemania, Carlos V, el rango de ciudad, que le fue dado por cédula real en 1555. Para entonces, ya era una próspera villa con un obispado (luego Arzobispado desde 1609) y un tribunal judicial. Unos años después, Carlos V decidió organizar el despelote administrativo de sus colonias, que no tenían más autoridad que las de la gana de cada conquistador y de la lejana Lima, cuando se acordaban. Creó, entonces, la Real Audiencia de Charcas el 18 de septiembre 1559, poniéndolo bajo jurisdicción de la Audiencia de los Reyes del Virreinato de Lima. Sería el segundo tribunal de más alta instancia, pues para apelar más arriba se debía ir a las Cortes de Indias en Sevilla. La Audiencia debía componerse de cinco Oidores y un presidente, y empezó a funcionar de manera oficial desde 1561, siendo el primer presidente don Pedro Ramírez de Quiñones, y los oidores sólo tres: Juan Matienzo, Pedro López de Haro y un licenciado de apellido Recalde.

Pronto empezó a adquirir fama como centro educativo al crearse la Real y Pontificia Universidad de San Francisco Xavier en 1624. Los padres de la Compañía de Jesús la crearon en marzo de ese año, nombrándola en honor a uno de sus miembros canonizados, el jesuita Francisco Xavier, en un terreno que hoy es la acera norte de la Plaza Mayor, donde construyeron el Aula Magna en el recinto que ahora ocupa la Casa de la Libertad. Solamente se enseñaban las carreras de rigor en la época, como ser Leyes, Teología y Medicina, y era muy prestigiosa en todo el continente, recibiendo alumnos de otras colonias en número tal que en un tiempo la proporción de estudiantes era de 1 por cada 20 habitantes.

Mientras España se desangraba en la eterna guerra en Flandes, sus colonias florecían durante todo el siglo XVII hasta alcanzar proporciones que rivalizaban en pujanza con las ciudades europeas. La Audiencia de Charcas se dividió administrativamente en cuatro intendencias: Intendencia de Potosí, Intendencia de La Paz, Intendencia de Chuquisaca e Intendencia de Santa Cruz, en cuyo radio se erigieron las gobernaciones de Moxos y Chiquitos desde 1777, tras expulsar a los jesuitas que administraban las reservaciones indias del oriente. La Intendencia de Chuquisaca, nombre que adoptó a partir de la mala pronunciación de la palabra Choquechaca con que llamaban los indígenas al lugar, se componía de seis partidos: Yamparaez, Tomina, Pilaya y Paspaya, Oruro, Paria y Carangas, en los cuales la economía giraba en torno a la agricultura y la explotación de minerales.

A partir de la crisis de la minería de la plata que afecto a Potosí y La Plata a principios del siglo XVIII, la Audiencia fue perdiendo lustre, siendo escindida del Virreinato de Lima para ser incorporada en 1776 a la jurisdicción del nuevo Virreinato del Rio de la Plata, con sede en Buenos Aires. Pese a esto, en 1783 se le dio un status bastante autónomo, pues los gobernadores de cada Intendencia decidían solos en cuanto a administración y orden publico, incluso en lo militar, con venia del Virrey.

La Plata revolucionaria

Se dice que el primer grito libertario del que se enorgullece esta tierra tuvo menos que ver con ansias de libertad que con la lealtad de esta colonia al depuesto rey español, Fernando VII, ante las ambiciones de sus rivales portugueses y franceses por hacerse con la gallina de los huevos de oro de la Corona ibérica. En todo caso, si las tenían algunos de los protagonistas, graduados de la San Francisco Xavier e imbuidos de las ideas que se discutían en sus corrillos tras la Revolución Francesa y la independencia norteamericana. Uno de ellos era el abogado Jaime de Zudáñez, el hombre cuyo apresamiento encendió la revuelta popular que se extendería al resto de la Audiencia y acabaría mandando a la historia el dominio español.

Pero vayamos por los antecedentes. Desde 1797, gobernaba en La Plata el presidente de la Audiencia Ramón García de León y Pizarro, un personaje no precisamente popular, que vivía metido en eternos altercados con los Oidores y la ciudadanía, las que eran con frecuencia ventilados en las calles con panfletos incendiarios. Por entonces, la Madre Patria había sido ocupada por Napoleón, emperador de Francia, quien con la excusa de darles una lección a los rebeldes portugueses, pasó por España y decidió que más valía Madrid y su medio mundo forrado de oro y plata que la árida Lisboa. Dicho y hecho, depuso al rey Carlos IV, y a su hijo Fernando VII lo mantuvo secuestrado, obligándolo a abdicar. Pero el pueblo de España no se quedó a mirar pasar el desfile de los franceses, se rebelaron y en varias ciudades formaron su Junta de gobierno para hacerles la estancia lo menos alegre posible a los galos. Para meter en el baile a sus colonias, la Junta Suprema de España e Indias en Sevilla envió a José Manuel de Goyeneche con el encargo de lograr apoyo de Lima y Buenos Aires para reponer al rey destronado y, de paso, expulsar al francés que Bonaparte les endilgó como nuevo monarca.

Goyeneche se dio antes un paseíto por Brasil, donde estaba refugiada la realeza lusitana, entre ellos la hermana de Fernando VII y reina regente de Portugal, Carlota Joaquina de Borbón, una infanta exiliada con muchas ganas de reinar en las colonias de su hermano. Ésta le dio al brigadier español unas cartas con semejante sugerencia para los Virreinatos y él, diligente, se las pasó a los colonos de la Audiencia. Que no les hizo la menor gracia, se puede ver por la reacción.

Las famosas cartas hicieron estallar las ya malísimas relaciones entre García Pizarro y la Audiencia, con amenazas de arrestos, insultos a grito pelado en la sala del tribunal, advertencias de excomunión del Arzobispo y la muerte por un sofocón del Regidor de la Audiencia durante una disputa a voces de por medio. El Presidente, junto con Goyeneche y el Arzobispo de La Plata, Monseñor Moxó, se declararon partidarios de las pretensiones de Carlota Joaquina, mientras que los Oidores y los doctores en leyes de la ciudad se declararon leales a Fernando VII, rechazando la autoridad de la Junta de Sevilla, y así se lo hicieron saber a los otros tres en un acta donde vapuleaban la idea de anexarse al Brasil, y denunciaban a García Pizarro y al Virrey Santiago de Liniers por traición. El Presidente contraatacó haciendo destruir el acta, pero lo descubrieron y la ruptura de relaciones entre las partes contrincantes tuvo lugar. Tras una larga guerra de pasquines, buena parte escritos por el recién graduado doctor en leyes Bernardo Monteagudo, a García Pizarro le llegó el rumor de que la Audiencia y el Cabildo estaban planeando pedir su renuncia, y decidió adelantarse con la orden de mandar apresar a seis de los mas vocingleros cabecillas, que iban a reunirse en casa del oidor José de la Iglesia, pero de alguna manera estos se enteraron a tiempo para fugar, de modo que a la hora de arrestar sólo pudieron echarle las manos encima a Jaime de Zudáñez.

Era un 25 de mayo de 1809, cuando lo llevaron a la cárcel de la corte, pasando por la Plaza Mayor, seguido por una multitud de ciudadanos atraídos por los gritos que profería la hermana de Zudáñez siguiendo al grupo que lo llevaba preso. Pronto la multitud se enteró del hecho y empezó a apedrear la casa de la Audiencia, exigiendo su liberación y la renuncia del Presidente, vociferando “¡Muera el mal gobierno! ¡Viva Fernando VII!”, entre otros gritos menos fuertes que pedían vivas a la idea de una República. Uno de los cabecillas, Lemoine, convenció sable en mano a los curas de la iglesia de San Francisco de dejarle llegar a la campana de su torre, a la que hizo repicar hasta rajarla. Lo mismo se hizo en los campanarios de las demás iglesias, tocando las campanas a rebato para llamar a la ciudadanía, sin que García Pizarro pudiera mover a las tropas para reprimirlos, ya que el oficial al mando se pasó al otro bando y ordenó a los soldados no asomar la nariz a la calle. La multitud le exigía, además, entregar todo el armamento de la guarnición militar de la Audiencia, a lo que García Pizarro cedió; no obstante, se negó a la tercera petición, de entregar el mando político y militar. Ante eso, la ciudadanía le voló la puerta del palacio de la corte a cañonazos. Vencido, Ramón García de León y Pizarro se entregó al día siguiente, el 26 de mayo. Con un Pizarro había empezado la historia de la colonia de Charcas, y con un Pizarro terminaba.

Los revolucionarios le dieron el mando político de la Audiencia al decano de los oidores, José de la Iglesia, y el mando militar al coronel Juan Antonio Álvarez de Arenales. Se organizaron compañías de milicias ciudadanas para la defensa, divididas según oficios de sus integrantes, y comandadas por los hermanos Joaquín y Juan Manuel Lemoine (I de Infantería y III de Plateros), Manuel y Jaime de Zudáñez (II de Académicos y Caballería), Pedro Carvajal (IV de Tejedores), Toribio Salinas (V de Sastres), Manuel de Entrambasaguas (VI de Sombrereros), el hermano de Bernardo, Miguel Monteagudo (VII de Zapateros), Diego Ruiz (VIII de Pintores), Manuel Corcuera (IX de Varios), Manuel de Sotomayor, Mariano Guzmán y Nicolás de Larrazábal (Artillería), así como un cuerpo de origen indígena. Estos salieron al encuentro del intendente gobernador realista de Potosí, Francisco de Paula Sanz, tío por línea ilegitima del rey español, a quien convencieron de volverse tranquilo a su villa sin luchar. Después de esto, enviaron emisarios secretos a las demás Intendencias y a Argentina para fomentar las ideas independentistas, con el disfraz de buscar apoyo para Fernando VII. El más exitoso de los emisarios fue Mariano Michel, quien ayudó a formar el grupo revolucionario de Murillo en La Paz.

La historia de Sucre, Chuquisaca, Bolivia

Pero el gobernador Sanz dio la alarma en el Virreinato de Lima, desde donde el Virrey José Fernando de Abascal mandó a Goyeneche a reprimir la revuelta en La Paz antes de que contagiara al Perú, mientras que el nuevo Virrey del Rio de la Plata, Baltasar Hidalgo de Cisneros, enviaba al general Vicente Nieto contra La Plata. Goyeneche fue exitoso, logrando sofocar la revuelta paceña, tras lo cual los chuquisaqueños decidieron liberar a García Pizarro, condenado por traidor, y aceptar a regañadientes como nuevo Presidente de la Audiencia a Nieto, nombrado por el Virrey, que llegó a la ciudad en diciembre de 1809. Éste hizo apresar a todos los oidores rebeldes y cabecillas revolucionarios que pudo cazar, juzgarlos y desterrarlos a Lima para que de ahí los enviaran a cumplir condena bien lejos y evitarse más jaleos, porque en Buenos Aires éstos tenían muchos compañeros de universidad igual de revoltosos, y podían volver a la carga. De esta manera, terminó la revolución de mayo. No obstante, los desterrados no escarmentaron, pues cuando España los amnistió al año siguiente, volvieron a la lucha, entre ellos Arenales y Monteagudo.

Los argentinos se encargaron de volver a prender la mecha, casualmente también un 25 de mayo, pero de 1810. Al enterarse Sanz y Nieto de que el Virrey había sido botado del cargo y en su lugar gobernaba una junta en Buenos Aires, decidieron separarse de esa jurisdicción y pasar la Audiencia al Virreinato de Lima. Mal les fue a Sanz y a Nieto, que presumía de que sofocaría esta revuelta tan rápido como la de La Plata, pues sus tropas fueron derrotadas por las del Primer Ejercito Expedicionario Auxiliar, que llegaron a tierras potosinas, donde Castelli, el comandante rioplatense, los hizo apresar y condenar a muerte por fusilamiento. Se nombró nuevo presidente de la Audiencia al argentino Juan Martin de Pueyrredón. Desde entonces, las Provincias Unidas del Rio de la Plata colaborarían con un total de cuatro Ejércitos Auxiliares al territorio de la Audiencia hasta su emancipación.

Sin embargo, los verdaderos héroes de la independencia serian los guerrilleros de las Republiquetas. Tras la derrota patriota en la batalla de Guaqui en 1811, las ciudades de la Audiencia volvieron a control realista, pero el área rural siguió dándole dolores de cabeza a Goyeneche al crearse las guerrillas que controlaban grandes áreas de territorio y acosaban las capitales. Estas zonas independientes eran conocidas como Republiquetas, y existieron ocho en territorio de la Audiencia. En lo que corresponde a Chuquisaca estaban la Republiqueta de Cinti, al sur, y la Republiqueta de La Laguna, al centro-norte. En esta última harían fama y reputación los esposos Padilla, Manuel Ascencio y Juana, a quienes la historia oficial boliviana relegó. Ella, la hija única de un militar viudo y retirado en sus fincas, era una joven rebelde que se vestía de muchacho y aprendió el manejo del sable con su padre, y se casó con el adinerado Manuel Ascencio cuatro años antes del comienzo de la revolución, en 1805. Padilla se unió a los ejércitos patriotas argentinos de González Balcarce, combatiendo con el Ejercito del Norte y la primera expedición argentina. Tras Guaqui, Goyeneche confiscó las extensas propiedades de los Padilla en Chuquisaca, secuestrando a Juana y sus niños pequeños, más no a Manuel Ascencio, quien logró escapar y liberar a su familia. Cuando otro ejército auxiliar argentino, esta vez mandado por el general Belgrano, acudió a la Audiencia, Padilla volvió a enrolarse, llevando consigo a diez mil indígenas como tropa, y a Juana con sus niños a cuestas. Ella no se dedicaba a acompañarlo o vendarle las heridas, como se podría pensar, sino que combatía a su lado como un soldado más. Hábil con el sable, participó en varias batallas, como la de Ayohuma en 1813, en la que juntó y lideró un batallón.

Cuando los argentinos se retiraron de nuevo tras otro desastre, los Padilla organizaron la guerrilla de Chuquisaca, con Vicente Camargo liderando la rebelión en Cinti y el cacique guaraní Bacuire primero, y el cacique Cumbay después, haciendo lo propio en la zona del Chaco chuquisaqueño, con sus temibles divisiones de arqueros chiriguanos, que llegaron incluso a Potosí. Durante 1816, Juana lideró las exitosas campañas contra los realistas en Potosí y El Villar, actos que le valieron que Pueyrredón le diera el rango de Teniente Coronel y Belgrano un sable ceremonial de mando. El fin le llegaría a su esposo en la batalla de La Laguna, donde ambos se enfrentaron a las tropas de Francisco Javier de Aguilera, y donde ella fue herida. Al tratar de auxiliarla, Manuel Ascencio fue alcanzado, y aunque su esposa logró escapar, a él le dieron muerte cerca de El Villar. Viuda, ella siguió con la lucha en el norte de Argentina, bajo órdenes de Miguel de Güemes, hasta el fin de la guerra. Tristemente, esta admirable mujer, que peleó aun estando embarazada, perdiendo en ello bienes, esposo y cinco hijos, sufrió el destino de tantos otros héroes bolivianos: murió pobre y sola, sin honores, sin que se le restituyeran sus posesiones confiscadas, ni la pensión vitalicia que le fue injustamente retirada en su vejez. Estuvo enterrada en una fosa de indigentes, carente de lápida, hasta que un siglo después la exhumaron y pusieron en una urna en Sucre. El único honor que recibió fue póstumo: Generala del Ejército Argentino, rango concedido en julio del 2009 por la presidenta Kirchner.

La Chuquisaca republicana

Una de las paradojas que plagan la historia de la república, es que recibiera el nombre del hombre que no deseaba su existencia. Cuando, tras las decisivas batallas que remataron la ya moribunda Colonia, la nueva nación le ofreció la presidencia a Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, éste declinó, pese a lo cual figura honorariamente como padre de la patria. Le ofrecieron, entonces, el puesto al joven Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre y Alcalá, que aceptó y se dio con entusiasmo a la tarea de crear la República de Bolívar y dotarla de un sistema político y administrativo que la consolidara como nación independiente. Esto desagradó a Bolívar, quien tenia la grandilocuente idea de unir los cuatro países del antiguo Imperio del Tawantinsuyo, más Venezuela y Colombia, para formar una descomunal Gran Colombia que nadie más ambicionaba, y se lo reprochó duramente a Sucre en una carta privada. Molesto, el Mariscal desoyó la reprimenda y continuó con su obra hasta 1828, cuando dejó la presidencia.

El nuevo país se fundaría oficialmente en el antiguo Aula Magna de la Casa de la Libertad el 6 de agosto de 1825, fecha que le pusieron en honor a la batalla del año anterior en Junín, porque en realidad era el mes de julio cuando se aprestaron en la ahora ciudad de Chuquisaca los representantes de la ex Audiencia, para decidir su destino. Habían tres grupos: uno a favor de unirse al Perú, un segundo que se decantaba por el Rio de la Plata, y un tercero que no tragaba a ninguno de los anteriores y prefería la independencia. Se impuso la mayoría de esta última facción, con solo dos votos para las otras opciones, con la venia de Sucre y para disgusto de Bolívar, que pidió a éste retirarse. Marginado el Mariscal, los charqueños s tuvieron su Asamblea Deliberante el 10 de julio del mismo año, con 48 representantes de todas las provincias, de los cuales solamente dos eran veteranos de las batallas independentistas. En ella, redactaron el Acta de Independencia de la República de Bolívar, nombre sugerido por un delegado potosino. El dueño del nombre fue al país a darse un baño de multitudes a fines del año, firme en no aceptar la presidencia que le servían en bandeja, dio a entender que el trabajito le gustaría más a Antonio José de Sucre. De esta forma, su lugarteniente, a duras penas cumpliendo los treinta, llegó a ser el primer presidente y artífice del novel Estado.

Él fue quien le dio a la nación su primera Constitución Política en 1826, quien organizó las instituciones estatales y adoptó como sistema administrativo el modelo francés de los Departamentos en enero de 1826, que en ese tiempo eran solo cinco, y quien, en resumen, trabajó afanosamente en el gobierno hasta casi dejar la piel en la faena cuando, en 1828, los descontentos capitalinos intentaron sacarlo de circulación mediante el expeditivo camino de meterle una bala. El atentado, con móviles mezcla de desavenencias ideológicas y administrativas, celos y resentimientos, y en el que estaban involucrados algunos ilustres como Olañeta y Lemoine, fue fallido, pero dejó al Mariscal herido en un brazo y convencido de que más valía marcharse de ese antro de ingratos. Pese a haber derramado su sangre por la independencia desde que era un mozalbete de quince años, de haber derrotado al último Virrey de América en Ayacucho, y al carácter vitalicio de la presidencia que ejercía, cuando se marchaba de la capital fue abucheado por la población, incidente en el cual, se cuenta, la Coronela Juana Azurduy de Padilla escupió en la cara a uno de los conspiradores, Casimiro Olañeta, para significar su disgusto con el trato que le daban.

Se marchó a Quito, donde formó familia con la marquesa Mariana Carcelén de Solanda y Villarocha (él mismo era bisnieto de un marqués de Flandes, de ahí apellido francés de Sucre), y donde intervino en la guerra entre Colombia y Perú por el dominio de Ecuador, saldada por él a favor de la primera. Sin embargo, también en Colombia sufrió el juego sucio de sus rivales, que mediante tretas le impidieron poder acceder a la presidencia, para luego ser emboscado en un camino solitario de las montañas de Berruecos (Ecuador), donde le dispararon a matar en junio de 1830. Nunca se supo la identidad de sus asesinos con certeza absoluta, aunque el primer sospechoso fue el general Obando y el segundo, el general Flores, rival del Mariscal para el cargo de primer presidente de Ecuador. En todo caso, a partir del 12 de julio de 1839, se decretó oficialmente en la nueva constitución que la Capital Constitucional de la República de Bolivia seria nombrada en su honor. De esta forma, la Choquechaca de los Charcas, La Plata de la Audiencia y la Chuquisaca de la República tendría su cuarto y definitivo nombre: Sucre.

La Chuquisaca de la oligarquía

El siguiente presidente fue Andrés de Santa Cruz y Calahumana, hijo de un español y una aymara, patriota nuevecito (se cambió del bando realista después de que lo apresaran los tarijeños en La Tablada), quien había sido colaborador del Mariscal y prefecto de Chuquisaca. Gobernaría durante una década, terminando de finalizar la obra inconclusa de Sucre, y consolidando la estructura de la república con la creación de otros dos departamentos (Tarija y Oruro) para añadir a los ya existentes, además de arrastrar al país a la desacertada unión con el Perú, que le costaría una guerra y el exilio. En su gobierno inauguró la costumbre de residir en la Paz, que seguirían otros presidentes, aunque Sucre seguiría como centro de la vida política en el país, por ser sede de la Asamblea Legislativa, que desde 1826 a 1880 modificaría la constitución un total de diez veces.

Pese a los ideales que habían impulsado los revolucionarios, se mantuvo la estructura social colonial, con el único cambio de que ahora eran los criollos y mestizos de clase alta los situados en el primer lugar de la escala. Se formó una oligarquía de potentados de la plata y el latifundio, que junto con los doctores en leyes, eran quienes detentaron el poder, independientemente de quien se sentara en la siempre inestable silla presidencial, hasta la Guerra Federal. Esta empezaría con la lucha por el poder entre la vieja oligarquía chuquisaqueña, de ideología conservadora, y la flamante oligarquía de nuevos ricos del estaño en La Paz, de ideas liberales. Cuando se expuso la idea de reformar por enésima vez la Constitución, con apenas un poco más de diez años de estrenada la última modificación, ambos bandos se enfrentaron: Chuquisaca favorecía un sistema unitario de gobierno, con todos los poderes en Sucre, mientras La Paz estaba a favor de un sistema federal. En noviembre de 1898, el gobierno del conservador Severo Fernández Alonso firmó la polémica Ley de Radicatoria, que obligaba al presidente a vivir en Sucre y no salir de allí sin permiso expreso del Congreso. Los diputados paceños se retiraron echando pestes, y acto seguido llamaron a mitin en La Paz para proclamarse Gobierno Federal, bajo caudillaje del liberal José Manuel Pando, quien, en otra de las ya habituales ironías históricas bolivianas, era senador por Chuquisaca y había votado a favor de la famosa ley, aunque había nacido en La Paz.

La guerra civil duró un año, con dos enfrentamientos principales en Oruro (las batallas del Primer Crucero y del Segundo Crucero) que ganaron los Federalistas, quienes supieron aliarse con los indígenas aymaras y aprovechar los desaciertos del mejor equipado ejército Constitucional para hacerse con la victoria final en abril de 1899. El enfrentamiento dejó pésimos recuerdos en ambos lados, por las masacre de chuquisaqueños por aymaras en Ayo Ayo, de indígenas por constitucionalistas en Corocoro, y la peor, de federalistas por aymaras en Mohoza.

Tras su victoria, La Paz se quedó con presidencia y congreso en su territorio, dejándole a Sucre solamente el poder judicial. A partir de entonces, sumando a esto el enclaustramiento que sufrió el país con la derrota en la Guerra del Pacifico unos años antes, Chuquisaca entró en decadencia, de la que no se ha recuperado, pues continua despoblándose con la inmigración de sus habitantes al exterior y al oriente.

Existe un hecho curioso en esta época: la creación del Principado de La Glorieta, el primero y único que existió en la historia de Bolivia, ubicado en tierras aledañas a la capital. Aunque en la Colonia e Independencia, la nobleza española y criolla era numerosa, fueron los esposos Francisco y Clotilde de Argandoña los únicos que alcanzaron el rango de Principe y Princesa en 1898, por bula del papa León XIII. El titulo murió con la Princesa de la Glorieta en 1933, y no hubo continuidad dinástica porque doña Clotilde no tuvo hijos.

La Chuquisaca contemporánea

El otro acontecimiento que sacudió al departamento fue la Guerra del Chaco en 1932, región que comparte con Tarija y Santa Cruz. Aunque la guerra se peleó más en territorio tarijeño, la intervención de los regimientos chuquisaqueños fue valiosa por su conocimiento del ambiente y su adaptabilidad a los imposibles campos de batalla en el desierto, especialmente los naturales de la región de Monteagudo y de la provincia vecina, Luis Calvo. Con todo, la guerra se perdió en 1935, y, con ella, otro trozo más de territorio, afortunadamente no el de la jurisdicción de este departamento, pues en esa zona están los más grandes pozos petroleros de Chuquisaca, que son la base de la economía moderna del departamento, junto al turismo y la agricultura, las industrias artesanales y a menor escala la minería, sin dejar de mencionar los ingresos que recibe por las multitud de estudiantes de todas partes que sigue aplicando a su universidad, pues Sucre es, ante todo, una ciudad universitaria y turística.

El fin de este conflicto acabó con la dicotomía Liberales-Republicanos que se turnaban en el gobierno, creándose nuevos partidos y facciones reformistas radicales, como la que llevaría a la Revolución del ’52, una guerra civil que obligó a rehacer la estructura socioeconómica de la achacosa república. Chuquisaca se benefició con las leyes contra los latifundios, tan comunes en la región, y otras más, que no evitaron que volvieran la inestabilidad, cuyo pero punto fueron los gobiernos militares desde los años ’70 hasta los ’80. Tras regresar la democracia, los intentos de los ’90 por volver a reformar la economía causaron nuevos conflictos, que en Chuquisaca no fueron de consideración, hasta la década presente.

Expulsado el presidente Sánchez de Lozada por una revuelta paceña, le sucedió su vicepresidente, Mesa, quien a su vez tuvo que renunciar. Como manda la constitución, el congreso debía reunirse en Sucre para elegir nuevo presidente, pero los indígenas que lidera Morales cercaron la ciudad para forzar la renuncia de los Presidentes de Senadores y Diputados, el cruceño Vaca Diez y el tarijeño Cossío, a favor del chuquisaqueño Rodríguez Veltzé, presidente de la Corte Suprema, porque esto le seria beneficioso al cocalero Morales, ya que se tendría que llamar a elecciones en un momento favorable a él. Así fue, ganó las elecciones en el 2005, con un plan de refundar la República mediante convocatoria a elección de una Asamblea Constituyente en Sucre para redactar una nueva constitución. Esta se votó en el 2006, empantanándose durante el 2007 en debatir los temas del texto en borrador, por los choques entre La Paz y Santa Cruz por autonomías, y Sucre y La Paz por capitalia.

No se conciliaron los desacuerdos, y en cambio, resurgieron viejas heridas de la Guerra Federal cuando el partido de gobierno excluyó arbitrariamente el tema de la capitalia de las deliberaciones. La ciudad de Sucre se alzó en protestas, con luchas callejeras e intentos de incendiar la sede de la Asamblea, que decidieron al gobierno a ordenar represiones cruentas, que solo empeoraron los disturbios. La constitución nueva fue aprobada entre gallos y medianoche en los cuarteles del Liceo Militar, sin la mayoría de los asambleístas opositores, con la policía y militares tratando de dispersar a gases y balazos a la multitud que ya estaba por ingresar al Liceo. Más adelante, se trasladó la deliberación a la universidad de Oruro, donde se volvió a aprobar sin debate. Esa es la constitución que fue luego aprobada en referéndum el 2008, en la que Sucre sigue con su status de capital puramente nominal.

Desde entonces, Chuquisaca pasó a engrosar la Media Luna, eligiendo a la opositora Savina Cuellar, de origen indígena quechua, como primera prefecta de la historia boliviana. Recientemente, también se ha sometido a referéndum la adopción del modelo de gobierno departamental autónomo, y aprobado los estatutos del Departamento Autónomo de Chuquisaca hace pocos meses. Curiosamente, el gobernador electo con el nuevo sistema, Urquizo, es sobrino de Cuellar, aunque de ideología opuesta.

Corresponsal Alura Gonzales

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