Exposición del Colectivo Trabajozucio: Techos y Azoteas


Una mirada al mundo y queda confirmado: los techos y las azoteas están por doquiera como una segunda corteza de este planeta, fragmentaria, esto sí, de diferentes dimensiones, más o menos cerca del cielo o la tierra, como se quiere ver. La imaginación de la ciencia ficción lleva esta superficie irregular construida por el ser humano a su máxima expansión al envolver la tierra en construcciones. Nuestro presente es más modesto, pero los techos y las azoteas, es decir las construcciones que se proyectan hacia abajo, hacia la casa, la tierra, la vida tal como la conocemos ( los techos) y las construcciones que se proyectan hacia arriba, hacia el cielo y el espacio infinito, lo desconocido, la imaginación ( las azoteas) están para dar fe de nuestro poder de construir nuestro propio hábitat y además de ejemplificar nuestra condición dual: realidad e imaginación, protección y aventura.


La muestra “ Techos y Azoteas” explora esta dualidad simbólica, y al hacerlo reconstruye el mundo a partir de objetos, recuerdos, sueños, imaginación. Es un proyecto de grupo cuyo punto de partida fue el cuento “ Por las azoteas “ de Julio Ramón Ribeyro en que un niño recorre las azoteas de su vecindario, sintiéndose el rey de las azoteas, el rey del mundo de la imaginación. El cuento es también una aproximación a los temas de la soledad y la libertad del ser. El grupo de artistas emprendieron este proyecto como una exploración colectiva del proceso de de-construir para reconstruir este espacio dual o mejor dicho intermedio, abierto a los dos componentes de la existencia, el mundo externo y el mundo interno del individuo. Los resultados son crónicas en papel , de grandes dimensiones, relatos individuales de la significación que los techos y las azoteas tienen, como claves para la comprensión del ser en el mundo. Cada aporte es único y juntos recrean la diversidad de la percepción, el rol de la memoria y la fascinación por el tiempo, el espacio y la identidad, como parámetros de ser / pensar / sentir.

Ekstasis. El arte de la fuga

La muestra “Techos y azoteas” se nos presenta, desde un primer momento, como un intento de reconstrucción del mundo en base a los sentidos rescatados por la memoria. Los artistas los evocan en este espacio enfáticamente intermediario, tomando como punto de partida imágenes de objetos y seres, cuya ubicación en techos y azoteas es simbólica antes que lógica. La coexistencia de varias miradas otorga al proceso un valor relevante, que incrementa si recordamos que la representación del mundo y la búsqueda de su sentido no sólo son dos procesos inseparables en el impulso artístico sino que actualmente están en el ojo de la tormenta, junto con la redefinición del arte emprendida por la vanguardia. ¿Qué se representa ? ¡ Cuál ha de ser el vínculo con la realidad externa o interna ? ¿ Cómo relacionar la representación con la significación ? La alegoría llega cuando describir la realidad ya no sirve, decía Saramago, y efectivamente los artistas de esta muestra están en busca de significados, a partir de las huellas que dejaron en sus vidas. Optan por una poiesis abierta, estimulada por este espacio matriz que es la azotea, sobre todo la azotea limeña, un espacio entre la casa y el cielo, entre abajo y arriba, entre lo estructurado y lo infinito. En el cruce de tantas direcciones, la azotea es la materia superada, es un espacio de movimiento, de libertad, de evocación y creación. En cierto sentido, es luz y es vuelo, es ekstasis. Como tal, toda presencia es posible y capaz de crear una realidad simbólica a partir de las interrogantes e interpretaciones de su misma razón de ser.

Podríamos pensar que para cada artista la exploración de los significados implica sumergirse en sus recuerdos; es algo que nos ayuda a comprender lo vivido o a encontrar tal vez aquello que determinó sustantivamente nuestra realidad. Pero no todos se deciden por su propios relatos; algunos optan por el ejercicio de la abstracción, ingresando en el territorio de los paradigmas existenciales y culturales de la memoria colectiva. No obstante, el carácter de proyecto de grupo es evidente . No sólo porque cuentan con la visión de Julio Ramón Ribeyro sobre la soledad y la libertad del ser, asociadas en el cuento “ Por las azoteas “, sino porque participan en el mismo proceso de deconstruir para reconstruir, conservando las huellas de la destrucción, rescatando los objetos implicados, provocando al observador a seguirlos no en uno sino en varios sentidos, trazando meridianos en esta estructura abierta, abordando el infinito para recluirlo en el círculo de la delimitación conceptual.

A este conjunto significante, cada artista aporta algo único. Iván Huerto y Cecilia López cultivan una visión del desprendimiento. Los tres gatos saltando entre las cadenetas de papel de Iván Huerto y los objetos de la azotea, de Cecilia López, unificados en una materia casi indiferenciada entre sí, sugieren una indiferencia patente al resto, a la ciudad, a la gente, consagrando el carácter simbólico de la azotea. La independencia del espacio y la riqueza de su materialidad, destacan en la obra de Orietta Marquina, cuya mirada explora de cerca formas, colores, trazos, ritmos que dejaron huellas en la materia de la azotea, escribiendo su propia historia. Alejandro Romaní, por el contrario, toma distancia, para visualizar el conjunto de techos y azoteas, como un mapa de regularidades, una piel segunda del mundo. Edison Lisarazo la representa como extensión, cubriendo horizontes y alternando lo luminoso de la construcción con la oscuridad del vacío.

Otra aproximación se centra en los objetos. Como signos de historias de vida, pueden evocar, sumergidos en la memoria afectiva, como en la obra de Persi Narváez, cuyos objetos abandonados, bicicleta, zapato, dos sillas, interrogan plácidamente sobre la razón de su abandono; o en la nostalgia de la niñez incorporada en la imagen del tren de juguete de Pepe Saldarriaga, que sugiere la doble dimensión del viaje, el niño que soñaba con viajar, con el futuro, con quien será y el adulto que contempla el pasado, en busca de los sueños de antaño. Juguetes y palabras le permiten a Oscar García introducirnos en esta máquina del tiempo que es el viaje hacía atrás, por entre los recuerdos, para resucitarlos y volver a vivirlos. Es un recurso que comparte con Mónica Moreno, al igual que la evocación de la infancia. ¿Es ésta un destino obligatorio para recuperar el poder de soñar, el derecho a la imaginación, el disfrute del juego? Probablemente sí, lo que nos da una dramática perspectiva sobre lo inmediato y efímero. La infancia evocada desde las azoteas del alma resulta tanto más sólida y confiable. La obra de Fabiola Vizcardo añade algo más a esta percepción: la exaltación del carácter festivo de la infancia y de sus ilusiones, que no permiten la separación entre lo que se es y lo que se imagina ser.

La memoria emergente en el espacio de las azoteas es visible a través de objetos y personas. Jamir Johanson personifica la presencia humana en la azotea, desde una mirada furtiva, que ve de espaldas a este personaje relajado, distraído, soñador. Dejando el espacio objetivo e ingresando en el subjetivo, el escenario de la mente se visibiliza en las obras de Enrique Barreto y Miguel Miranda en los retratos de sus personajes - mundo; en las crónicas rituales de César Fernández, con sus personajes comprometidos en recorridos iniciáticos, en busca de roles e identidades o en la crónica del ser en el vacío del cual surge y en el cual se diluye de Saúl Ortiz; o en el espectacular personaje de Mario Mogrovejo, la “ Linda Flor “ de las Azoteas, reina sonriente de la imaginación peruana que se instala en este escenario libre para invadirlo y ocuparlo. Finalmente, Carlos Valdez y Vladimir Ramos hacen contrastar la presencia humana con los ritmos y estructuras que dan consistencia al espacio articulando ser – espacio – objeto, sin abandonar las tensiones esenciales entre ellos.

El escenario de la azotea se abre a la dinámica misma del tiempo. Gil da Cruz investiga el paso del tiempo a través de las huellas que éste deja en el espacio libre de las azoteas y almacena en frascos los “polvos mágicos “ de su devenir, dejando al observador ante la multiplicidad y relevancia de sus significados : vida que se vuelve polvo, polvo – esencia que almacena la vida, la transformación como regla del existir, la capacidad de conservación de lo valioso. En otra investigación, recupera la temporalidad a través de las huellas en la superficie de cartones, un depósito de polvo – tiempo del cual queda preservada sólo la forma anteriormente trazada, que simbólicamente es un cubo, cuerpo estable de la materialidad y de la tierra. El tiempo en su dimensión afectiva lleva la obra de Elizabeth Huamanchumo a observar la capacidad de transformación de la realidad en la mente humana. Desde el mismo mapa de signos, instalado en la memoria, las formas que albergan contenidos que afectan la integración armónica del ser humano con su destino o su mundo, actúan como generadores de nuevos contenidos, que proyectan al ser en el mundo, con sus deseos y voluntad de crear realidades. Los mundos que surgen son mejores, los recuerdos tristes o fríos florecen, los objetos viejos se visten de afectos, las azoteas se vuelven bellas y frescas con la presencia de árboles: vida sin muerte, crecimiento, regeneración. Como en la obra de Jorge Vela, donde los pájaros de la imaginación se desprenden de sus marcos cuadrados para tomar cuerpo y volar, la mente humana es capaz de significar el mundo en que quisiera vivir.

Casa Municipal de Cultura Raúl Otero Reiche, Museo de Arte Contemporáneo, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.

Inauguración, 5 de Julio de 2011, 7pm. – Exposición: del 6 al 31 de Julio de 2011.

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