Discurso del Alcalde Edwin Castellanos en la Sesión de Honor de Cochabamba

by DRAGUTIN LAURIC
(COCHABAMBA)


Hoy al comenzar el día, entre el trajín de los actos y los festejos, entre las palabras de circunstancia y las actividades solemnes, entre la alegría y al mismo tiempo los nervios, vino hacia mi una brisa, una fugaz y repentina brisa de septiembre que se refugió en mi pecho y me llevó en un viaje por el tiempo a mirar otra vez las calles de mi infancia, a sentir los colores de mi juventud, a escuchar las melodías que me hicieron crecer. Cochabamba estaba en mí con una fuerza sobrehumana, acariciando mi memoria y mis anhelos, cobijándome en su seno de luz, de tiempo y de silencio. Era yo, volviendo a cantarle al amor y a la vida, a la tierra y a la brisa, a la luz y a los recuerdos. Eran el ayer y mi presente unidos por un lazo inquebrantable de orgullo, de pasión y de misterio. El misterio más grande de todos. El de la felicidad de ser y de sentir felicidad. Felicidad de pertenecer a una tierra y ser parte de una historia. Dentro de mí, una sola frase repetía: “Feliz estoy, de ser cochabambino”

Quizás como todos los que hoy están aquí presentes, yo también me he preguntado qué significa celebrar este Bicentenario. ¿Es acaso la conmemoración de la hazaña perpetuada por un puñado de heroicos ancestros? ¿Es tal vez la celebración de una existencia prolongada? ¿Es posible que sea la oportunidad para trazarnos un mejor destino? Creo, queridas hermanas y hermanos, que el Bicentenario es el perfecto rincón para hacer la pausa en nuestra larga travesía. Como el viajero cansado, que se protege del sol y la fatiga bajo la sombra de un imponente molle, hagamos una pequeña pausa para mirar lo que hemos recorrido y dibujar más claramente la dirección de nuestro próximo camino.

Doscientos años atrás, esta Ciudad era un territorio hipnótico que provocaba el júbilo de los sentidos. Una ciudad marcada por el perfecto equilibrio entre el hombre y el prodigioso encanto del valle que hacía de nuestra Ciudad un incomparable reducto para la vida en armonía, para el vivir bien. Sin embargo, la realidad era otra.

Detrás de ese mágico paisaje, una cruda realidad nos carcomía en el más hondo territorio de nuestra humanidad. Cochabamba, centro neurálgico en el sur del Nuevo Continente, era la metáfora perfecta de un sistema de explotación colonialista caracterizado por el desprecio, el racismo, la imposición brutal y la ignorancia. Entre los límites de esta tierra tocada por el favor de la hermosura, la realidad humana nos cubría con una sombra tenebrosa. La sombra de la injusticia.

Nos viene primero a la memoria la imponente figura de Alejo Calatayud, luego las rebeliones indígenas que supieron mostrar la dignidad de un pueblo inquebrantable ante el sometimiento, y después el legado de nuestros mayores como Francisco del Rivero, Esteban Arce, Melchor Guzmán. Los cientos de héroes olvidados que no alcanzaron a grabar su nombre en los libros de la historia oficial. Los anónimos ciudadanos, las invisibles madres, los fantasmas de silenciosos hombres y mujeres que creyeron en la libertad y la buscaron con palos, piel y sentimiento, condujeron a esta tierra a su inevitable destino de libertad y de renacimiento. De su pasión y su coraje está hecho el armazón que sostiene la memoria, porque el Grito Libertario de 1810, fue el grito de un pueblo cansado de no ser pueblo. Fue el grito de la equidad y el equilibrio. Fue el grito del amor y el desconsuelo. Cochabamba acababa de pronunciar su nombre sin distinción de sangres. Sin diferencias de sexos. Cochabamba se había convertido en una totalidad.

De este primer grito vino el estallido. Vinieron días nuevos y volvieron también rencores viejos. Vino la luz y la modernidad. Vino el letargo y se hizo el miedo. Nacieron esperanzas y agonizaron destinos. Vino el dolor y la guerra. Nacieron la creación y el artificio. Cochabamba, a paso lento, navegó en sus contradicciones equilibrándose al borde del abismo. Nuestra historia no es un cuento de hadas. Somos una historia que nos regocija y nos rebaja. Somos las heroínas de la coronilla, que dignifican la médula del orgullo y, también, somos un 11 de enero que nos quebranta y nos hiere. Somos la imagen del equilibrio con la tierra, su color y su aroma, pero somos también la expresión irresponsable de no pensar en un mejor futuro. Cochabamba celebra hoy el Bicentenario del honor pero, al mismo tiempo, se prepara a construir el fin del desentendimiento.

Que esta celebración, sea la celebración del compromiso. Necesitamos establecer en esta pausa de nuestro recorrido un pacto capaz de superar los intereses políticos. Necesitamos recuperar el coraje. El coraje de pelear por una causa común y por un común convencimiento de que, sólo la equidad y la participación, pueden ser las bases de la libertad que soñaron aquellos que nos anticiparon. En mi sangre, todavía siento circular esa brisa mañanera que remontó mis días y condicionó mis certezas. Es hora de pensar la Cochabamba que heredarán nuestros menores. La Cochabamba del corazón de la madre tierra.

A pocos meses de iniciada esta Gestión Municipal, un sentimiento me impulsa más que nunca a comprometerme con mi Ciudad y mi gente. El sentimiento de saber que en nuestra diversidad de culturas, seguimos siendo un solo corazón y una sola madre. La madre tierra, la llajta de nuestros ancestros que a lo largo de la historia fue granero, jardín y reposo y hoy se siente amenazada por un peligroso manto de contaminación, de ruido y de basura. En su día, quiero reafirmarme ante ustedes, mis testigos, que no descansaré en la lucha por lograr el máximo objetivo de mi Gestión. Devolverle a Cochabamba su dignidad ambiental. La limpieza del aire, la solución a los problemas de la basura, el respeto al medio ambiente, la disminución de la contaminación, el equilibrio con la naturaleza, son los desafíos, las prioridades y las ilusiones que me despiertan cada día y me impulsan cada minuto en la jornada. Porque, como ustedes, pienso primero en mis hijos y en el compromiso que tengo de asegurarles un mejor mañana. Ellos se merecen vivir bien y es tiempo que, con el apoyo de cada uno de las cochabambinas y los cochabambinos, pongamos el hombro por nuestra madre tierra, por nuestra querida Cochabamba, por nuestra llajta eterna.

Solo así, podemos dirigirnos a la búsqueda de la equidad. El compromiso por brindarles las oportunidades de participación y proposición a las distintas culturas, a los hombres y mujeres, a los ancianos y a los niños y en particular a las diferencias generacionales. Sobre nuestro territorio, hay una infinidad de expresiones culturales que tienen a los jóvenes como protagonistas. Cada día se construyen y se inventan en miles de expresiones y silencios, mientras los adultos actuamos como si no existieran. Es hora también de construir un Municipio joven, donde las expresiones heterogéneas enriquezcan nuestra vida con su vitalidad y su talento, con su rebeldía y fortaleza y, sobre todo, con su esperanza de mejores días.

En la medida que la equidad, la participación y el respeto por el medio ambiente sean pilares constructores de nuestra lucha cotidiana, lograremos vivir bien. Vivir dignamente. Vivir con la satisfacción de estar protegiendo a nuestros hijos y hacerles más fácil sus propios caminos. El Bicentenario es la memoria de quienes nos heredaron el regalo de la Libertad y el coraje. Por eso los llamamos héroes. Hoy nuestra lucha tiene otros campos de batalla y otras armas, pero ¿porqué no podemos, con nuestro trabajo y compromiso, con nuestro empeño y nuestro sacrificio, convertirnos en los héroes de nuestros descendientes? Yo los convoco, queridas hermanas y hermanos, a empezar a recorrer la heroica senda de la dignidad y el equilibrio. Hagamos de este Bicentenario un punto de partida para forjar nuestro Estado Plurinacional.

En la cima de la Coronilla se yergue uno de los monumentos más emblemáticos de la cochabambinidad. Quisiera invitarlos a contemplar una vez más, alguna tarde de domingo, esa hermosa escultura realizada por el artista italiano Pietro Piraino, que la tenemos impresa en la memoria y que tal vez nunca gozó de nuestra verdadera contemplación. Cada rostro de las madres reflejadas en esos gritos, es un rostro de dolor y de coraje. Pero una escena en particular me conmueve. Es una madre que con una mano empuña la decisión de la batalla y, con la otra, abraza protectora a una niña que no calla su grito, porque pareciera que no es un grito de pavor sino el grito desafiante de quien se siente protegido. Es la madre tierra. Es Cochabamba que nos abriga, nos protege y nos cobija. A Cochabamba le debemos la existencia, la decisión y el compromiso. Que este Bicentenario selle por siempre en nosotros, el perpetuo pacto de la unidad y el coraje por emprender un recorrido hacia la vida digna de quienes, mañana, quizás en los próximos doscientos años, puedan rendirnos un homenaje y celebrarnos con el honor de la memoria.

Que digan de los hombres y mujeres de estos días, que fuimos capaces de conducir nuestra Ciudad hacia el corazón de la historia y que luchamos hasta el último día de nuestra existencia haciendo de Cochabamba, la ciudad que amamos, el corazón de nuestra madre tierra.

Muchas Gracias.

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